Este nuevo pensamiento prontó lo llenó de angustia. ¿Qué haría si, efectivamente, nunca lograba salir de este inmenso laberinto de jardines? Cruzando con desesperación de una sala a la otra, de un patio al siguiente, pronto descubrió que la sucesión de helechos, flores y árboles parecía extenderse hasta el infinito. Trató de usar la razón: seguramente, al notar su ausencia en la oficina, alguien se daría cuenta de su desaparición y comenzarían a buscarlo. Quizás Ema, la secretaria, sería la primera en sugerir su aparente disipación y en un instante todo el mundo estaría en busca de sus rastros. Sin embargo, Felipe no lograba engañarse con un raciocinio tan optimista, ya que sabía que era una persona más bien solitaria, y su ausencia pasaría completamente desapercibida. Pero Ema...
Decidiendo que volver al mundo habitual dependía únicamente de sus porpias facultades de explorador, desarrolló un plan para lograr su libertad. Atándose fuertemente los cordones de los zapatos y arremangándose el pantalón, comenzó a ascender por una de las tantas miles de escaleras que había dentro de ese universo de jardines. Toda escalera que encontró, trepó. Tardó tres días enteros en llegar al último piso de tan extraña casa, y cuando vio lo que escondía este último piso, no pudo hacer más que verse sorprendido.
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