La escalera terminaba en una espiral, que penetraba el techo con una puerta de madera de roble. Se acercó a esta y la empujo, con grandes esfuerzos, usando sus brazos cansados. La puerta giró sobre sus bisagras hasta abrirse totalmente. Arriba, una oscuridad atrapante. Hipnotizado, Felipe asomó su cabeza por al abertura de la puerta. Un salón gigante, con techos infinitos, fue lo primero que descubrió. Lentamente bajó la vista hacia el suelo. Entonces, su horror le nació fuertemente de la graganta.
El piso de la sala era una interminable sucesión de baldozas, todas cuadradas, blancas y negras, como un tablero de ajedrez. Pero no era esto lo que iluminaba la cara de Felipe con un calor sofocante. Eran las llamas que nacían por debajo de las baldozas, torrentes de fuego espiralado que empujaban los cuadrados blancos y negros, haciéndolos salir de sus lugres, y llevándolos hacia arriba, en el inerminable vacío negro. Segundos enteros estuvo Felipe contemplando ese espectáculo. Una danza rítmica y fugaz, con torrentes que nacían y morían casi en el mismo instante, ocupando todos los lugares del salón.
Por un instante, el hombre temió. Pensó que el suelo cedería bajo el ataque de los flamígeros torandos, y que toda la estructura caería. Fue entonces cuando, prestando más atención, vio pequeños retazos de piso, que caían con delicadeza del vacío, para encajar perfectamente donde se encontraban antes.
Contento con su descubrimiento y sintiéndose de alguna manera más seguro, subió lo que quedaba de la escalera y se paró, finalmente, al mismo nivel que las llamas. Sólo desde esa posición pudo ver, en el centro del salón, entre las damas de fuego que volaban a la eternidad...un mensaje. Ese era un mensaje que él debía rescatar de entre las llamas. Y así se lo propuso.

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