Se quedó con el gusto a vida en el paladar, pocas veces se había sentido así. El quiosquero lo miraba con pereza, como si pudiera ver un programa de televisión muy aburrido a través de sus ojos. Felipe no iba a comprar nada, pero temía que si no se refugiaba rápidamente bajo alguna excusa, moriría allí mismo. Nunca habíase sentido tan vacío, tan lleno de nada. Para cuando en gordo infeliz le alcanzaba el cambio con su mano derecha, él ya había tomado una decisión.
Unos ojos de ultramar lo esperaban en algún lado.
Ya no importaba el tiempo, ni los músculos, ni la vida...

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